Haciendas de México

Nostalgia arquitectónica

Por: Lorena Avelar

México es un país que destaca por la increíble mezcolanza de razas, culturas e influencias que, a lo largo de los siglos, han pasado por su territorio. Su belleza es polifacética y, entre muchas cosas, se destaca la riqueza arquitectónica de sus portentosas haciendas.


Las haciendas mexicanas, formaban parte de un sistema económico iniciado por los españoles en el siglo XVI. Se trataba de eficientes granjas y centros manufactureros en los que se producía carne y otros productos para la exportación: azúcar, alcohol, vino, trigo, pulque. En ocasiones eran también, como en el caso de las de Guanajuato, sedes de las empresas dedicadas a la explotación de oro y plata.

La palabra hacienda se usaba originalmente en la Nueva España para denotar el conjunto de bienes de una persona; sin embargo, a partir del siglo XVIII se empleó el término para designar a una propiedad rural de producción agrícola o ganadera, con posesión privada de la tierra. El origen de las haciendas en México data del siglo XVI y se debe a los sitios de ganado otorgados a los conquistadores por sus servicios meritorios a la Corona Española.

Aunque Jalisco, Yucatán, Hidalgo y Campeche son los estados con mayor número de haciendas, por todo el país pueden encontrarse estos rehabilitados edificios históricos, fundamentalmente casas palaciegas y antiguos monasterios, construidos entre los siglos XVI y XIX.

Como en las plantaciones sureñas de Estados Unidos, en las haciendas se ponía de manifiesto el sistema de castas, con los hacendados y los indígenas, que habitaban edificios bien diferenciados: la lujosa casona principal y las pobres viviendas —inmuebles que compartían espacio con las edificaciones que servían de cuarto de máquinas, de almacén y que, en muchos casos, todavía hoy se conservan.

En el siglo XIX la mayor parte de las haciendas, sobre todo las de Yucatán, producían soga de henequén, una fibra natural que es una variedad del cactus de agave para producir cordeles, la cual adquirió gran demanda en el siglo XX, en el período de entreguerras y, a la vez, enriqueció a los propietarios de estas fincas.

Así, con el paso del tiempo, las haciendas fueron reflejando el nivel económico alcanzado por sus propietarios y se convirtieron también en fincas de recreo, símbolos de salud y cultura: un apogeo que derivó en un desarrollo arquitectónico espectacular con un interior de muebles, antigüedades y obras de arte, procedentes de todo el mundo; y, en el exterior, con la plantación de bellos jardines con fuentes, capillas, claustros y todo tipo de sofisticados detalles, incluso, en ocasiones, con pequeños acueductos...

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